Vanidad de vanidades, y todo es vanidad. Así reza una de las
páginas más luminosas del Kempis que ha sabido rescatarla del
Eclesiastés. Y así parece ser hoy nuestra tarea cuando frente a
acontecimientos globales que están conmoviendo al mundo nos
atrevemos a sacar este número tres de una publicación trabajada
con algún esmero. Nos preguntamos: ¿no será una vanidad seguir
escribiendo e investigando? En cualquier caso su salida no nos
distrae de los cambios acelerados y el rugir de la guerra que nos
informan los diferentes medios. El mundo está montado sobre
un polvorín que ya ha estallado y que sobre esa onda expansiva
aplica cada vez más el poder de las tinieblas: discursos, anuncios y
reacciones que no entrarían ni en las fantasías más irreales. Nuestra
labor traduce muchas horas de estudio y trabajo. A contramano
del escenario al que estamos acostumbrados, el de la rapidez
del mensaje y la divulgación expandida por redes y medios que
no permiten los espacios de reflexión, nos atrevemos a marchar
quizás más despacio, pero queriéndolo hacer sobre terreno seguro.
No lo sabemos, no podemos conocer hasta que punto la tarea de
este modesto emprendimiento puede llegar a ser algo significativo.
Pero de algo estamos seguros: la Patria corre el mayor peligro que
su historia haya conocido. Algunos piensan que su desintegración
es un hecho, aunque perduren algunos signos teatrales. Otros,
que aún queda oxígeno para los últimos estertores de su agonía.
Entonces, tenemos una segunda seguridad: su reconquista será
necesaria. Aspectos terrenales y teológicos podrían entrar en esta
reflexión. Si de algo sirviera esta vanidad de andar investigando
entre papeles y detenernos a pensar en ese devenir agónico
estaríamos más que satisfechos de contribuir en la lucha de estos
días. Casi con naturalidad creemos que esta tarea guerrera lleva en
su empuñadura la leyenda ora et labora.
H.M.C
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